La vigilante Ceiba

(Cuento)

David Ballinas Marín

 

Hace muchos años. Que digo muchos, muchísimos años antes de que naciera mi tata tatarabuelo. Habitaban en esta región del Soconusco varios pueblos dentro grandes plantaciones de árboles de cacao. Un numero aproximado de 25 viviendas de palma y barro componían las pequeñas Aldeas en las que vivían aproximadamente 150 personas entre niños, jóvenes, adultos y ancianos. No había comunicación entre los pueblos, a cada aldea las separaba cuatro o cinco leguas de distancia.

 

Los pobladores andaban descalzos, vestían con pedazos de pieles de animales y telas bordadas de manera rustica. No existían caminos, veredas ni calles. El paisaje se componía de miles de árboles y de terrenos tapizados de gruesa capa de hojas secas . Caminaban libremente para llegar a sus jacales o dirigirse a donde tenían pequeñas extensiones de tierra cultivadas de maíz y hortalizas. Los hombres adultos y los niños se dedicaban a trabajar, pescar y cazar, las mujeres a recoger leña y a preparar los alimentos:  agua de cacao,  memelas de maíz  y  asado de  tepezcuintle, cochemonte, tuza, armadillo, tlacuache o conejo.

 

En tiempos de cosecha todos se dedicaban al corte de cacao. Los hombres grandes se subían a los árboles y con una vara picaban las mazorcas para que cayeran, las mujeres y los niños las recogían  en canastos hechos de raíces y caña silvestre. Los niños tomaban las mazorcas color verde para partirlas, sacándoles húmedas y dulces semillas que chupaban hasta dejarlas casi limpias que depositaban en hojas grandes de plátano. Cada cosecha era una algarabía. La mayoría de los pobladores se dedicaban a cortar y quebrara la mazorca, sacarle la semilla, lavarla y secarla. Me imagino que una parte de las semillas la molían y preparaban un rico pozol de cacao con maíz, un chocolate con agua o un sabroso licor fermentado. A ciencia cierta  no se que tanto usos le daban al cacao.

 

Como les iba contando. Todos los pobladores Vivian sin complicaciones. Existían de lo que la naturaleza les proporcionaba. Procuraban tener la mayor cantidad de semillas de maíz y pepitas de cacao que eran destinadas ; una parte para el autoconsumo y la otra  la ofrecían a sus dioses, a través de sus sacerdotes que venían de Izapa a recoger el tributo.

 

 

Pero cierto día  en uno de estas aldeas que según dicen se llamaba Cacaotan. Llego un hombre, sucio, delgado, quemado por el sol y con pequeñas heridas en el cuerpo. Decía que venia desde una aldea cercana al mar y había caminado muchas leguas durante noches y días. Se había alimentado de raíces, carne de culebra, frutos y hierbas, tomado agua en arroyos, charcos y vertientes. Los pobladores lo rodearon con actitud interrogante. Con cierta calma pero compungido el hombre dijo “oímos ruidos y grandes murmullos, vimos que caminaban sobre las aguas, algunos huimos otros no pudieron salir”. Incrédulos y sin hacerle caso de lo que les decía, solo atinaron a ofrecerle atenciones ; le prepararon agua de epazote y árnica para las heridas, le ofrecieron comida y una sabrosa y caliente bebida de cacao –me imagino de nueva cuenta que era chocolate-así como un espacio donde dormir. En el transcurso de los siguientes días el desconocido repitió algunas veces lo que había dicho a su llegada, eso fue todo porque después dijo que no se acordaba de nada. Así pasaron muchas semanas y después algunos meses. Una tarde cuando el sol se ocultaba oyeron un fuerte y extraño murmullo de voces extrañas que venia de algún lugar de los inmensos cacaotales, parecía que se acercaba.  Los pobladores se reunieron en un solo lugar esperando cualquier cosa que fuese, la incertidumbre a lo desconocido los inquietaba. Atentos, con la vista fija hacia donde provenía el murmullo. Pasaron los minutos, las horas y llego la noche. Las aves alegraron el siguiente día y nada apareció. Todos los pobladores seguían en el mismo lugar. Los niños y algunas mujeres dormían sobre la gruesa capa de hojas. Muchos hombres adultos y algunos ancianos se quedaron despiertos vigilando, quemaron palos de ocote, copal e inciensos de varias hierbas para protegerlos de los malos espíritus y del jaguar que merodeaba  en los cacaotales. Con la puesta del sol se dispusieron regresar a sus jacales e iniciar nuevamente la rutina diaria. Desde ese día el ambiente se torno inquieto. Una tensa calma se respiraba, los sonidos antes comunes y desapercibidos por los aldeanos se volvieron perceptibles y casi misteriosos. La urraca, el chupahuevo, la lechuza y los murciélagos emitían sonidos y silbidos que espantaban a los niños y a uno que otro varón adulto.

 

Una noche bastante calurosa y con la claridad de la luna un grupo de pobladores se dispuso a salir a cazar al filo de la madrugada. Mientras hacían los preparativos quemaban  ocote y copal y bebían agua de cacao -- vuelvo a suponer que era chocolate – sintieron desde el fondo del cacaotal en dirección a un árbol de Ceiba, un aire fresco seguido por el sonido de voces extrañas y pisadas sobre las hojas. Atónitos y espantados buscaron palos y  se hicieron de teas de fuego mas grandes. Conteniendo el aliento, caminaron  hacia  al interior del cacaotal. Los palos de ocote encendidos alumbraron hacia donde estaba la Ceiba. Todo estaba quieto, nada se movía y por un momento el silencio fue sepulcral, ni grillos, ni murciélagos emitieron sonido alguno.   ¡de pronto!...

 

El ruido de un fuerte tropel suponía el de un animal grande que venia hacia el grupo. Esto los hizo dispersarse, corriendo hacia diferentes lugares; algunos se cubrieron tras los árboles otros pretendieron subirse a ellos, la cuestión era salirse del lugar para que no los embistiera y de paso tener la posibilidad de cazarlo. Pasaron los minutos y solo un fuerte aire llego a ellos nuevamente, las hojas apelmazadas en el suelo hicieron ruido al moverse. Volvió el silencio y nada apareció antes sus ojos, la quietud extraña los espantaba. ¡De repente ! fueron sorprendidos por la carrera de un cochemonte y un armadillo que venían en dirección contraria por donde habían escuchado el tropel. Como impulsados por resortes emprendieron la caza. Se olvidaron de  ruidos y de sonidos extraños que misteriosamente habían escuchado en los oscuros cacaotales. El grupo  se dividió al pretender cazar a ambos animales. El armadillo fue presa fácil, acorralado en menos tiempo de lo esperado no pudo burlar la red de bejuco que le tiraron, no así el cochemonte que con mayor rapidez se escabullo  del cerco humano que habían tendido los diez cazadores que lo siguieron. Después de una hora buscando la manera de atraparlo. Desde el fondo de una cueva introdujeron fuego, para sacarlo y capturarlo. Mas tarde a través de un sonido agudo producido con las manos entrelazadas y la boca, el grupo  se puso en contacto para reunirse nuevamente y dirigirse después en fila india a sus  viviendas. Llevaban a los animales muertos atados de las patas con bejuco, colgados a un tarro de bambú de dos metros. Caminaban a un ritmo que le permitía el preciado cargamento. El crujido de las hojas secas a cada paso acompañaba los aleteos de algunos murciélagos que salían de los árboles de cacao. A punto de llegar a los jacales y lejos de ahí se oyó un estruendoso ruido como si a una poderosa Ceiba la hubieran tumbado y hubiese caído entre varios árboles. Nadie se detuvo y el silencio del grupo fue respuesta a la incertidumbre de lo desconocido. Poco les faltaba para llegar a la aldea, era solo  cuestión de minutos. De un rato a otro oyeron que se acercaba un tremendo aguacero como si este los venia persiguiendo, casi corrieron el tramo que les quedaba para llegar y guarecerse . Al salir al pequeño claro donde se ubicaban los jacales vieron con incredulidad que el cielo estaba despejado, la luna y las estrellas brillaban, no podía ser de otra manera en ese mes de octubre.  Entre la alegría y la pesadumbre por todo lo sucedido algunos se dispusieron a dormir por lo que restaba de la mañana, otros junto con las mujeres iniciaron a preparar los dos animales. Con la luz del día, los pobladores de la aldea se dispusieron a comer carne cocida de cochemonte y tepezcuintle, caldo de hierbamora y agua de cacao fermentado. Después de mas de una hora entre comida y platica sobre lo sucedido y  calculando que los rayos del sol ya eran intensos y entraban con mas fuerza a los cacaotales, se dispusieron a caminar en dirección a la Ceiba.

 

El ruido de las cotorras en los cedros, los chillidos de los murciélagos y el canto de los sanates entre los árboles acompañaban a los  cuarenta aldeanos que caminaban en fila india con palos de ocote encendidos, varas  y cuchillos de piedra afilada.

 

Esperaban encontrar rastros de un animal enorme, de plantas mojadas por el aguacero que sintieron que venia y de un imponente, alto y grueso árbol de Ceiba derribado. ¡Nada1, ni huellas ni señales. La calma reinaba, solo un leve aire corría moviendo las hojas. Después de varias leguas caminando, se detuvieron en un lugar donde sintieron un fuerte olor  fermentado, casi al instante dieron con un grande y ennegrecido  montón de mazorcas de cacao en un claro de luz donde se encontraba una Ceiba.  Las cáscaras podridas y partidas por la mitad se apilaban, no encontraron ninguna semilla. Uno de los aldeanos grito  “ou, ou, ou, alguien vive ou, ou”. el aleteo de un chiltote y el ruido de un pájaro carpintero picando un árbol seco, fue la única respuesta. Al unísono todos gritaron “ouuuuuu, hay gente aquí”. Otra vez...  y  ¡nada!.  Esperaron cierto tiempo  para encontrar alguna respuesta que les aclarara el misterioso  montón de mazorcas de cacao quebradas y podridas, cuando bien sabían que solo ellos habitaban esos lugares. - Pero suponiendo que por ahí anduvieran otras personas, ¿ cual era el fin de que no se dejaran ver ? ¿ y las semillas que fin tuvieron ? -  Ninguna señal, tomaron nuevamente el rumbo de regreso, habían caminado unos cien pasos cuando se oyeron unas risas. Se detuvieron intempestivamente y sin mediar palabra caminaron de regreso a investigar en dirección a la Ceiba, apresuraron el paso para saber  quienes se reían. Al llegar al tronco de la imponente Ceiba que se levantaba frente a ellos fueron recibidos por la algarabía de docenas de cotorras que salieron de sus ramas para irse a posar a otras y después un  lejano silbido del pijuy pidiendo agua, fue lo único que percibieron. Buscaron por todas partes y  ¡nada!, decidieron que lo mejor era regresar, sin tomar en cuenta lo que oyeren y así fue, una  fuerte carcajada  los perturbo pero sin detenerse apresuraron el paso. El sol iniciaba a declinar, aun los  manchones de claridad se dejaban ver en algunos espacios del cacaotal por donde caminaban, sin embargo mientras mas avanzaban la negritud empezaba a cubrir todos los lugares y amenazaba con atraparlos cuando el sol iniciara a ocultarse, eso los impulso a caminar de prisa y ganarle a la oscuridad. Faltando poco para llegar a la aldea escucharon  muchas voces roncas y graves, sonidos metálicos y de animales. Sabiendo el peligro que podían tener el resto de los pobladores que se quedaron en las viviendas, corrieron de manera frenética. Al llegar vieron a seres desconocidos y  extraños ; unos 35  hombres blancos, barbudos, sucios y cubiertos de metales, se hallaban fuera de los jacales: unos montados en caballos, otros maniataban con bejuco y tiras de pieles a los hombres y mujeres de la aldea. Al ser descubiertos por los 40 aldeanos recién llegados corrieron sobre ellos, poniendo estos resistencia y tratando de huir, pero les fue imposible. Quedaron todos los pobladores a merced de los hombres blancos.

 

Aves de corral, maíz, varios bultos de semillas de cacao,  jícaras y guacales que servían como utensilios para los alimentos, pieles y plumas de aves finas que los aldeanos guardaban dentro de sus jacales, fueron cargados en los seis caballos que los hombres pálidos habían llevado. Los pobladores fueron despojados de todas sus pertenencias por  extraños seres llegados de otro mundo. - Que podían hacer si eran vigilados y la mayoría de los  adultos estaban maniatados- Por la mañana del día siguiente, entre carcajadas y murmullos festivos partieron,  dejando a la aldea desolada y a sus pobladores abandonados. Algunos minutos después de que estos se habían ido, los aldeanos se desamarraron y trataron de seguirlos para quitarles lo que se habían llevado. Pero sin estar acostumbrados a pelear contra otros hombres, decidieron que era mejor dejarlos ir y que todas las maldiciones cayeran sobre de ellos. El despojo de sus pertenencias les afligía pero una preocupación tenían y era la mas grande; el de reponer parte de la cosecha de cacao que se habían llevado y que estaba destinada al tributo. Acordaron  trabajar durante siete días a marchas forzadas para reponer el faltante, para cuando llegaran los enviados de Izapa

 

El sol apenas se traslucía hacia los jacales los árboles de primavera y cedro se interponían. A punto de caer la noche oyeron el tropel de animales, asustados pensando en el regreso de los hombres blancos, las mujeres corrieron a esconderse a los jacales mientras los hombres tomaba palos afilados como lanzas y  hondas con piedra preparadas para arrojarlas al enemigo. Solo esperaban el momento que estos se presentaran. Lo que vieron los dejo pasmados, los seis caballos aparecieron solos, caminando pausadamente con la carga que se habían llevado. Con cierto miedo los aldeanos se acercaron a los animales, estos ni se inmutaron dejaron que se les quitara el cargamento, es mas dejaron  que los niños les acariciaran  la crin y ciertas partes de sus cuerpos.

 

Lejos de ahí, como a una legua.  Al pie de un descomunal árbol de Ceiba, los treinta y cinco hombres blancos habían enloquecido, se encontraban desnudos, riendo a carcajadas, hablando solos, haciendo gestos infantiles y revolcándose entre las hojas. Afectados por escuchar durante el tiempo que caminaron las risas y murmullos de gente que nunca encontraron, sonidos de galopes de animales grandes que no vieron, ruidos de árboles que se derrumbaban y que seguían de pie y la aparición en el tronco de la Ceiba de una docena de seres pequeños de piel negra brincando sobre varios cientos de mazorcas de cacao que desaparecieron cuando estaban a veinte metros de distancia. 

 

Después de dos meses de lo sucedido, la vida en la aldea volvió a la normalidad, abundo la cosecha de cacao y maíz, los pobladores aprendieron a convivir con los ruidos y con los seres pequeños que se aparecían entre los cacaotales.

 

“Así es hija mía, lo que te sucedió en tu rancho, a sucedido desde siempre, antes de que mi tata tata tatarabuelo naciera, ese niño negrito es el sipe  y los ruidos extraños que se escuchan siempre salen de las Ceibas en los cacaotales”

 

 

 

Imprimir Página